Dos estrellas que bajaban
El primero en verlas fue Pedro Rosales, uno de los dos conscriptos que montaban guardia a las puertas de las pesebreras. Faltaba poco para las cuatro de la madrugada del lunes 25 de abril de 1977 en la meseta de Pampa Lluscuma, en los Andes del norte de Chile. El resto de la escuadra estaba sentado en torno a una fogata, al abrigo de una pirca, cantando y bromeando con los centinelas para no dormirse con el frío. No había luna. Los centinelas llevaban desde las diez y media, más o menos, viendo «estrellas» cruzar el cielo. «Yo vi primero una luz que venía bajando… Luego otra… Eran dos», contó Rosales pocas horas después, ante una grabadora. «Una bajó por este lado del cerro y la otra hacia el otro lado». Corrió hasta la fogata. «Mi cabo, venga a ver una luz que está en el cerro». El cabo era Armando Valdés Garrido, de veintidós o veintitrés años, delgado, devoto y de 1,65 metros de estatura. Lo que hizo en la media hora siguiente lo convertiría en el soldado más famoso de la historia de la ufología chilena, y lo que dijo al respecto durante los cuarenta y siete años siguientes, en el más exasperante.

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Las pesebreras de Lluscuma
Los periódicos llamarían a aquellos hombres una patrulla que volvía de una ronda de rutina cerca de la frontera boliviana. En realidad, como establecieron investigadores posteriores, eran una guardia de pesebrera. Pampa Lluscuma, un pastizal a pocos kilómetros del pueblo de Putre, a unos 3.500 metros de altitud, albergaba los caballos del destacamento de montaña que el Ejército tenía allí, y el servicio consistía en remojar sacos de avena, dar de comer a los animales y sacar el estiércol de las pesebreras. Los siete conscriptos llevaban cerca de un año en Putre: Julio Rojas, Germán Riquelme, Iván Robles, Humberto Rojas, Raúl Salinas, Juan Reyes y Rosales. Valdés, que llevaba allí dos años, contó a sus entrevistadores en 2007 que ni siquiera le tocaba estar al mando de ellos. Según dijo, lo habían mandado a las pesebreras esa noche como castigo por llegar atrasado a unas reuniones: «No me correspondía estar ahí, no era mi gente». La misión importaba más de lo que parecía. En 1977 el gobierno militar chileno se preparaba para una posible guerra en tres frentes, con Perú, Bolivia y Argentina, y reforzaba discretamente el norte. Los caballos de Lluscuma formaban parte de ello, y no eran algo de lo que el Ejército quisiera hablar.

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La luz que se acercó al fuego
Desde el extremo de la pirca la vieron con claridad: una gran luz suspendida en la falda del cerro que cerraba su horizonte, a unos 500 metros, lo bastante brillante como para distinguir los sembrados y el contorno de la loma en una noche sin luna. Era violeta, «como un incendio», dijo uno de ellos, entre redonda y ovalada, con un punto de un rojo intenso en cada extremo, y no hacía ningún ruido. Al moverse crecía y menguaba, y su luminosidad aumentaba «como un tubo fluorescente» a medida que se acercaba. Valdés ordenó sofocar el fuego con mantas. La luz retrocedió hacia el cerro, pareció posarse un momento en el suelo y volvió. «Era como si el fuego les llamara la atención», dijo Valdés en la cinta, «igual que a un niño curioso». Más tarde, al corresponsal de la agencia de noticias francesa Agence France-Presse (AFP), se lo describió de forma más inquietante: daba la impresión de que alguien, detrás de la luz, trataba de averiguar qué había junto a la fogata. Los soldados sentían que los atraía, y se tomaron de las manos para que nadie diera un paso adelante. «Cuando vimos esto nos agrupamos y nos colocamos en posición de combate, hombro con hombro, y dijimos: que nadie se mueva», recordó Valdés. «Si nos pasa algo, que nos pase a todos». Juraron permanecer juntos. Cuando la luz estuvo más cerca, el cabo se plantó delante de sus hombres y le gritó: «¡Acérquense e identifíquense!». Nada respondió. Invocó a Dios y le ordenó que se fuera: «Vete… En nombre de Dios te lo ordeno». Cerca de allí, un piño de ovejas se había apretujado y se había quedado inmóvil; a investigadores posteriores les contaron que el Ejército hizo poner las ovejas en los primeros informes en lugar de sus caballos. La mascota de la escuadra, un perro llamado Huamachuco como la unidad, se quedó petrificado junto a la pirca, y los caballos parecían paralizados. «Había un silencio sepulcral».
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Quince minutos
A las 4:15, según su propio relato, Valdés miró el reloj. Luego dio unos pasos hacia la luz, dos o tres metros según él, cuatro según los soldados, y desapareció. Uno de los conscriptos lo recordaba de otra manera: lo vio dirigirse al extremo de la pirca. «Yo creí que iba a hacer alguna necesidad física», dijo el soldado en la cinta. «Pero cuando pasaron cinco minutos, más o menos, y no venía, lo fuimos a buscar y había desaparecido». Cuatro de ellos salieron a la oscuridad llamándolo por su nombre. Los demás se quedaron junto a la pirca. Nadie lo oyó volver. Hacia las 4:30 simplemente estaba otra vez entre ellos, gritando «¡Muchachos!», en lo que uno de ellos describió como un grito de auxilio, y luego se desplomó. Lo llevaron hasta las brasas. Cuando volvió en sí los miró con ojos desorbitados, como si no los conociera, se incorporó de un tirón y dijo, con las palabras que publicó la prensa chilena: «Ustedes no saben quiénes somos ni de dónde venimos, pero les digo que pronto volveremos». En la cinta, según la versión traducida que circuló después, los soldados recuerdan que se reía al decirlo, y uno de ellos lo comparó con la risa de un diablo; y las palabras aparecen tal como pasarían a la leyenda: «Ustedes nunca sabrán quiénes somos ni de dónde venimos». Tuvo espasmos, se rió de forma incoherente, miró con temor hacia la luz, que seguía suspendida junto al cerro, y volvió a desmayarse. Al recobrarse por segunda vez, contempló el resplandor y musitó «La luz… la luz…» antes de perder el conocimiento una vez más.
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La barba y el reloj
Mientras lo abrigaban con una manta, los soldados se fijaron en su cara. El cabo, que según ellos se había afeitado ese día y solo llevaba bigote al empezar la guardia, tenía ahora una barba espesa, como de cinco días; horas después, en la cinta, el propio Araneda comentaría lo tupida que era. Hacia las siete despertó, aparentemente recuperado. «No recuerdo nada desde el momento en que me alejé de ustedes», dijo, y preguntó por la luz. Había estado allí toda la noche, le contestaron, y se había ido desvaneciendo poco a poco al aclarar el día. «Bueno, prepárense para partir», ordenó. «Ya es muy tarde… ¿las 4:30? ¡Qué extraño, mi reloj se ha parado!». El reloj, digital según los primeros informes, marcaba exactamente las 4:30. Su calendario marcaba el día 30, cinco días más adelante: los mismos cinco días, como pronto señalaría la historia, que su barba parecía haber vivido. En las versiones que se difundieron durante el mes siguiente, quince minutos en la pampa se habían convertido en cinco días en otra parte.

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La mañana en Putre
Valdés bajó solo a Putre, un trayecto de una media hora. Su amigo Antonio Flores, un cabo que se había formado con él en la escuela de caballería de Quillota, situaba su llegada más temprano que los soldados: Valdés, dijo, llamó a su puerta en Putre hacia las seis. «No sé, están todos locos, hay que controlarlos», le dijo a Flores, y en el camino de subida le explicó lo que creía que había pasado: «Parece que me quedé dormido, y cuando me despertaron los conscriptos estaba la crema». Flores encontró a algunos de los jóvenes soldados gritando que se iban, y a unos cuantos ya camino quebrada abajo; los hizo correr y formar para calmarlos y les olió el aliento en busca de aguardiente. La noticia había llegado también a Pedro Araneda, profesor de artesanía en Putre, corresponsal local de La Estrella de Arica y conocido ya por su interés en los platillos voladores. Hacia las nueve se sentó con los conscriptos y les enseñó un libro de fotografías de ovnis para que señalaran lo que habían visto. La prensa dijo que fue entonces cuando los grabó; Flores recordaba que la grabadora no apareció hasta eso de las dos de la tarde, de vuelta en las pesebreras. La prensa habló después de tres horas de cinta. «Esa luz nos estuvo jodiendo toda la noche», empezaba uno de los soldados. Valdés, que pasó la mayor parte del día durmiendo en casa de Araneda, dijo ante la grabadora que no recordaba nada, solo una atracción. «Lo único que puedo decirte es que algo me atraía… Era como una comunicación interna con la luz… No sé si decir que sentía algo realmente maravilloso o algo espantoso». Después fue «algo como cuando tengo sueño y desaparezco en un pozo profundo, como un abismo. Desde ahí, mi cerebro está vacío». Quizá, dijo, había sido una especie de advertencia: «No hubo palabras que me hayan dirigido… si es que realmente existen esos seres».

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Tres semanas de silencio, y luego la avalancha
Durante tres semanas no se publicó nada. Luego, el lunes 16 de mayo, La Estrella de Arica publicó «Patrulla contactó con OVNI en Putre», firmado por Luis Maturana, Luis Daroch y Araneda, y en un día la historia corría por los teletipos de Santiago a Buenos Aires. El 17 de mayo, el gobernador provincial de Arica, el coronel Óscar Figueroa Márquez, emitió una circular al amparo del decreto de emergencia sobre la prensa en la que ordenaba someter a su aprobación, antes de publicarlo, todo lo relativo a los ovnis; La Estrella retiró de sus páginas las declaraciones grabadas de los soldados. La orden no se sostuvo. El Mercurio envió a Enrique Jorquera a Arica, y el 18 de mayo el propio Valdés se reunió allí con la prensa. «Sé que me expongo a que se rían de mí… pero yo era uno de los que pensaba que había que ver para creer sobre los OVNI», dijo a la AFP. «Ahora yo y los soldados que me acompañaban hemos visto, y creemos que tras esa luminosidad que nos visitó esa madrugada hay alguien inteligente que viene de otro planeta». Dijo que quería recuperar los quince minutos, incluso mediante hipnosis. Esa misma tarde, el comandante en jefe del Ejército emitió el Boletín de Prensa n.º 59. El Ejército, decía, «no se pronuncia a los hechos mismos relatados por los integrantes de la patrulla», pero las versiones de la prensa «son en general coincidentes con los relatos de los integrantes de la patrulla». Al día siguiente El Mercurio publicó una transcripción de la cinta de Araneda, y el gobernador Figueroa no tardó en levantar su orden. En junio la historia había llegado al National Enquirer; un coronel del Ejército, presentado como ayudante del general Pinochet, le dijo que los hombres estaban acuartelados para someterse a pruebas médicas y psiquiátricas, y que «es una historia muy extraña». El boletín de la Aerial Phenomena Research Organization (APRO), de Arizona, informó de que Pinochet había prohibido nuevas entrevistas. En julio, un periodista de Temuco, Juan Jorge Faundes, tenía ya en las librerías un libro escrito en más o menos una semana y titulado con las palabras que recordaban los soldados: Ustedes nunca sabrán.
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Barbas, médicos y un cohete
Valdés intentó zanjar él mismo lo de la barba. Según las informaciones chilenas resumidas en España aquel septiembre, pasó cinco días sin afeitarse para comparar, y el resultado fue menos poblado que lo que sus hombres le habían visto en la cara aquella noche. «Lo extraño», dijo, «es que con el frío, en Putre la barba crece muy poco». Antonio Las Heras, un periodista argentino al que el Canal 13 chileno llevó en avión para estudiar el caso, sostuvo que Valdés se había teletransportado a sí mismo presa del terror y que la barba le había crecido por el miedo, y señaló un problema en la interpretación popular: si aquello era una dilatación del tiempo, funcionaba al revés, porque era el viajero quien había envejecido, no quienes se habían quedado. En pocas semanas enviaron a Valdés al Hospital Militar de Santiago para hacerle pruebas, y allí permaneció cerca de un mes, según Flores. Los médicos del Ejército que lo examinaron recomendaron trasladarlo a otra unidad y mantenerlo alejado de la prensa. Años después, el psiquiatra del Ejército Raúl Molina dijo a La Tercera que había sido «una típica psicosis lúcida»; en 2007 dijo que no recordaba que Valdés estuviera fingiendo. Valdés siguió de uniforme. En febrero de 1980, cuando era instructor en Concepción, estuvo entre los soldados que vieron otra luz extraña en el cielo; el analista espacial estadounidense James Oberg la identificó como una etapa de un cohete soviético.
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Las muchas vidas del cabo Valdés
Durante el medio siglo siguiente, Valdés nunca contó la historia dos veces de la misma manera. En 1983, entrevistado con el permiso escrito del Ejército, dijo que estaba cansado de huir: «Quiero ser simplemente Armando Valdés». En 1993, ya sargento, anunció que los extraterrestres volverían y que habría que estar en paz con Dios; dijo que los había invocado y que habían sanado a su hija enferma, y le contó al periodista argentino Alejandro Agostinelli que aquellos seres le habían parecido algo demoníacos. En junio de 1999, pocos días después de retirarse, apareció en De Pe a Pa, en el canal estatal TVN, a cambio de un pago que, según se informó, superaba los ocho millones de pesos, y habló de una inteligencia no humana, de la sensación de haber atravesado un portal, de un temor a la letra H y de visitas de hombres de negro a su oficina en el Regimiento Tucapel. Bajo hipnosis ese mismo año, según Abusleme, describió cómo se acercaba a la nave, entraba en ella y veía a tres personas con cascos blancos.
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«¡Nunca fui abducido!»
En el vigésimo quinto aniversario, en abril de 2002, Valdés dijo a Las Últimas Noticias: «¿Quieren saber la verdad? ¡Nunca fui abducido! Pero me ocurrió otro fenómeno». Ese noviembre estuvo en la pampa con el investigador Patricio Abusleme, donde unos edificios de ladrillo habían sustituido ya a las viejas pesebreras, y dijo que había pasado los quince minutos orinando y escuchando a los conscriptos desde detrás de la pirca, y que llevaba cinco días sin afeitarse. En 2007 era pastor evangélico y regentaba una cevichería en Temuco, y a Agostinelli y al escéptico chileno Diego Zúñiga les dijo: «Yo siempre los estuve viendo, siempre los estuve escuchando. Ellos no me vieron… Ellos estaban más alucinados que yo». De su actuación de aquella noche dijo que aún no podía explicarla: «Fue como ponerse a contar un chiste en un terremoto de 7,5 grados». Pero seguía sin renunciar a la luz: «Nunca voy a negar que sentí que esa cosa era inteligente», y una entidad, insinuó, había ido manejando las mentiras. En febrero de 2013 dijo en un congreso ovni en Maipú que no había habido contacto de ningún tipo, que había querido ir a buscar dónde había caído la luz «para sacar un trocito de oro y hacerme millonario», y que los «ufólogos chantas» debían dejar de hacer dinero con su caso. En 2024 publicó por fin un libro, A la sombra de la verdad. Al presentarlo en el Museo OVNI de La Serena aquel noviembre, dijo que le había llevado veinticinco años y que tenía tres personajes: Armando Valdés el hombre, el cabo Valdés que cuenta lo que pasó en 1977 y una figura que vive en un futuro que aún podría ocurrir.
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Los centinelas no ceden
Sus hombres nunca lo siguieron. Abusleme, que pasó años localizando a los conscriptos para su libro La noche de los centinelas, encontró a tres dispuestos a hablar: Julio Rojas, Humberto Rojas y Raúl Salinas. «Todos los soldados dicen que ese día, cuando comenzó la guardia, Valdés estaba afeitado y sólo llevaba bigote», dijo. Humberto Rojas, que después sirvió unos treinta años en Carabineros, la policía chilena, apareció en televisión en 1999 y ha confirmado a los investigadores los hechos básicos, barba y reloj incluidos. Salinas fue más lejos que nadie: dijo que había visto al cabo caer del cielo, «y como es bajito, pensé que era uno de ellos». Desde entonces, dijo, había viajado en sueños con Amalia, la reina de otro mundo, y se quejaba de que Valdés «ha lucrado con una historia que conoce por nosotros». Iván Robles nunca quiso dar una entrevista; en 2016, meses antes de morir, le preguntó a Agostinelli cuánto estaba dispuesto a pagar «por la versión que jamás se ha escuchado». Ni siquiera Antonio Flores, que había oído a Valdés decir que se había quedado dormido, lo tachaba de engaño: en la escuela de caballería, dijo, tenían catalogado a Valdés como un teatrero al que le gustaba llamar la atención, y perfectamente pudo haber fingido, «pero a mí no me pareció». Abusleme fue tajante sobre la retractación. «No fue una broma», dijo en el cuadragésimo aniversario; había ocurrido algo anómalo, quizá una operación militar de una potencia extranjera o chilena, y el desmentido era una cuestión religiosa para un hombre que llevaba veinte años de pastor. Él lo había llamado el Travis Walton chileno.
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Lluscuma en la imaginación
El caso acabó siendo más grande que todos los que lo contaron. En pocas semanas ya era un chiste: el suplemento satírico de La Segunda, que tenía por costumbre burlarse de las denuncias de personas desaparecidas bajo la dictadura, publicó un comunicado del «Departamento de Relaciones Públicas de los Platillos Voladores» en el que pedía que no se los confundiera con aquellas desapariciones «presuntas», lamentaba la barba del cabo y su reloj adelantado, y prometía un salón de peluquería y un taller de relojería a bordo de los platillos. El Mercurio advirtió que su famosa frase se repetía una y otra vez en una obra de teatro que iba a estrenarse aquel julio. En las versiones chilenas, los fusiles de los soldados aparecieron retorcidos y un trozo de metal brillante recogido en la pampa acabó en el maletero del coche del periodista Luis Daroch. El escritor español J. J. Benítez afirmó que una familia de campesinos aimaras que vivía a unos 300 metros había visto la misma luz, y dijo que el general Pinochet le había entregado una carpeta sobre el caso; según Agostinelli, era el demoledor informe del Hospital Militar, que le pasó durante una cena para que Benítez no perdiera el tiempo. En 2013 el novelista Jorge Baradit publicó Lluscuma, un thriller de ciencia ficción que entrelaza los minutos perdidos del cabo con la historia enterrada de la dictadura; como dijo Baradit, «Estábamos preocupados de mirar al cielo mientras enterraban a nuestros hermanos en el suelo». Faundes volvió en 2023 con un segundo libro, cuarenta y seis años después, en el que sopesaba agujeros de gusano y viajes en el tiempo. El Museo OVNI de La Serena conserva un diorama de la pampa, y en Santiago una sala de escape invita a los jugadores a resolver «La abducción del cabo Valdés» partiendo de la premisa de que realmente se lo llevaron y después lo obligaron a decir que todo era mentira.
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Lo que se conserva
No parece haber en internet ninguna página de periódico chileno de 1977 sobre el caso. El registro de la época se conserva en despachos de agencia publicados en el extranjero, sobre todo la entrevista de la Agence France-Presse a Valdés y la noticia de la agencia italiana ANSA sobre la orden de censura, publicadas en el diario Crónica de Buenos Aires; en la transcripción que El Mercurio hizo de la cinta de Pedro Araneda, conocida por una traducción francesa de 1977 y por la reproducción en español de Antonio Ribera de 1984, y en paráfrasis muy fieles de la prensa chilena en boletines ovni españoles, franceses y estadounidenses de aquel año. El Boletín de Prensa n.º 59 del Ejército se conserva literalmente en esos mismos boletines. El estudio de Diego Zúñiga de 2003 cita página por página la serie de La Estrella de Arica del 16 al 20 de mayo y reproduce la circular del gobernador. Araneda guardó su cinta durante décadas, se la hizo escuchar al escritor alemán Hartwig Hausdorf en 1996 y dejó que Abusleme la copiara en 2009; desde entonces se han transcrito fragmentos. No ha aparecido ningún expediente oficial del Ejército; Zúñiga señala que el Ejército ha respondido siempre que no tiene ninguno, y el comité oficial chileno sobre ovnis, fundado mucho después, no ha publicado ningún expediente sobre el caso. El reloj se mostró a Araneda, a oficiales y a las cámaras de televisión en 1977, pero nadie lo examinó nunca de forma independiente, y Valdés ha dado versiones distintas de lo que fue de él.
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Las contradicciones
Los detalles que hicieron famoso el caso son los menos estables. El reloj se paró a las 4:30 en la mayoría de las versiones; en la entrevista de la AFP había saltado quince minutos y cinco días desde las 4:15 que Valdés dijo haber visto antes de desaparecer, y él mismo dijo entonces al Canal 13 que se había parado a las 4:20. Era digital en los informes de 1977 y, según el relato de Valdés de 2007, un reloj de agujas que entregó y nunca reclamó. El último afeitado se desplaza de aquella mañana a las seis de la tarde o a las nueve de la noche, según quién lo cuente, y el propio Valdés, que en 1977 dijo al Canal 13 que ese día tenía la barba «normal, un poco crecida, nomás», acabó quedándose con «Yo no estaba afeitado». La AFP contó seis soldados; ANSA y los periódicos chilenos, siete. La unidad es el Regimiento Rancagua de Arica en la prensa y el destacamento Huamachuco de Putre en las investigaciones posteriores. Las distancias a la luz van de 200 metros a un kilómetro. Otros detalles cambian de un relato a otro: una niebla violeta alrededor de la luz, en la que Las Heras hacía entrar a Valdés; un «haz de luz»; un cabo que gritaba que se lo llevaban; fusiles preparados o, como insistía Flores tratándose de una guardia de pesebrera, ningún arma en absoluto.
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Explicaciones
Zúñiga comprobó primero si las dos estrellas que bajaban podían haber sido Venus y Marte; con el investigador español Manuel Borraz descubrió que Venus salió casi una hora demasiado tarde y que Marte apenas era visible, y descartó la idea. Apunta en cambio a las circunstancias: jóvenes conscriptos agotados, en la altura, en una noche helada; una luz de origen desconocido; un cabo al que sus compañeros de curso recordaban como un teatrero; un aficionado local a los ovnis que les enseñó fotografías de platillos voladores al cabo de pocas horas; una historia que salió a la luz solo tres semanas después, y un gobierno militar con motivos para agradecer una distracción mientras fortificaba discretamente la frontera norte. La Asociación Escéptica de Chile fue más allá y sugirió que el relato servía para encubrir los caballos secretos de Lluscuma. Abusleme, que ha localizado a más testigos que nadie, rechaza tanto el fraude como la explicación psicológica, y los soldados que encontró nunca se han desdicho de la luz que permaneció en el cerro hasta el amanecer. Valdés, en su relato más reciente, coincide con ellos en un punto. «Si un fenómeno me causó pánico, miedo, depresión», dijo en 2024, «entonces lo que teníamos en frente no era bueno».
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Nota sobre la clasificación y las pruebas
Este archivo clasifica Pampa Lluscuma como un encuentro cercano del cuarto tipo porque el caso entró en la bibliografía como una abducción denunciada: un hombre que caminó hacia una luz delante de siete testigos, desapareció durante quince minutos y volvió hablando, con una voz apresurada y alterada, en nombre de un «nosotros» sin nombre. Los testimonios de la época, la cinta y el boletín del Ejército establecen que los soldados describieron una luz y la desaparición del cabo en cuestión de horas y que se mantuvieron en lo dicho; no establecen qué era la luz ni adónde fue Valdés. La barba y el reloj descansan en las declaraciones de los soldados, de Araneda y de los superiores de Valdés; ninguna fotografía ni ningún examen los dejó registrados. Los relatos posteriores del propio Valdés, que niegan cualquier abducción, se recogen aquí tal como él los contó.
Fuentes: OVNI de PutreSecuestrados por extraterrestresLa caída del cabo ValdésLa «abducción» del cabo Valdés: una revisión de la historia
- 24 ABR 1977
El cabo Armando Valdés y siete conscriptos entran de guardia nocturna en las pesebreras del Ejército en Pampa Lluscuma, cerca de Putre.
- 25 ABR 1977 · 3:50
El centinela Pedro Rosales ve bajar dos luces; una luz violeta con dos puntos rojos se acerca a la fogata de la escuadra.
- 25 ABR 1977 · 4:15
Valdés avanza hacia la luz y desaparece.
- 25 ABR 1977 · HACIA LAS 4:30
Reaparece entre los soldados, habla de unos seres que «pronto volverán» y se desploma; los soldados ven en su cara lo que parece una barba de días.
- 25 ABR 1977 · HACIA LAS 7:00
Valdés despierta sin recordar nada; su reloj, parado, marca las 4:30, y su calendario, el día 30.
- 25 ABR 1977 · POR LA MAÑANA
Pedro Araneda interroga a los soldados y graba sus testimonios.
- 16 MAY 1977
La Estrella de Arica da la noticia.
- 17 MAY 1977
El gobernador de Arica ordena que las noticias sobre ovnis se le sometan antes de publicarse; El Mercurio informa desde Arica.
- 18 MAY 1977
Valdés habla con la Agence France-Presse; el Ejército emite el Boletín de Prensa n.º 59.
- 19 MAY 1977
El Mercurio publica la transcripción de la cinta de Araneda.
- 28 JUN 1977
El National Enquirer informa de que los hombres están acuartelados para someterse a pruebas médicas.
- JUL 1977
Juan Jorge Faundes publica Ustedes nunca sabrán.
- 2 OCT 1983
La Tercera entrevista a Valdés: «Quiero ser simplemente Armando Valdés».
- 16 JUN 1999
Recién retirado, Valdés habla en televisión de un portal y de hombres de negro.
- ABR 2002
En el 25.º aniversario, Valdés dice que nunca fue abducido.
- 25 NOV 2007
Valdés cuenta a Alejandro Agostinelli y Diego Zúñiga que observó a los soldados desde detrás de la pirca.
- 2010
Patricio Abusleme publica La noche de los centinelas.
- 15–16 FEB 2013
En un congreso ovni en Maipú, Valdés dice que no hubo contacto de ningún tipo.
- NOV 2013
Jorge Baradit publica la novela Lluscuma.
- SEP–NOV 2024
Valdés publica A la sombra de la verdad y lo presenta en el Museo OVNI de La Serena.
Fuentes y entrevistas
Las fuentes se mantienen en su idioma original; sus títulos y descripciones están traducidos.
En apasionante relato el cabo del Ejército de Chile confirmó a la prensa su encuentro con un plato voladorAgence France-Presse, desde Arica, 18 de mayo · Crónica, Buenos Aires, 18 de mayo de 1977, p. 16 · Internet ArchiveCrónica, Buenos Aires, 17 de mayo de 1977ANSA y United Press International desde Santiago, que citan La Segunda y El Mercurio del 16 y el 17 de mayo · Internet ArchiveChile: OVNI, mala palabraANSA desde Santiago · Crónica, Buenos Aires, 19 de mayo de 1977 · sobre la orden de censura del gobernador de Arica · Internet ArchiveL’histoire de la patrouille chilienne et de son caporalLumières dans la Nuit n.º 169 · 1977 · traducciones al francés de la crónica de Enrique Jorquera en El Mercurio del 17 de mayo de 1977 y de la transcripción de la cinta de Araneda que El Mercurio publicó el 19 de mayo · Internet ArchiveSecuestrados por extraterrestresAntonio Ribera · Planeta, Barcelona, 1984 · capítulo sobre Putre, con el texto en español de la cinta de Araneda tal como lo publicó El Mercurio el 19 de mayo de 1977 · Internet ArchiveOVNI de PutreRamón Simó Costa · Stendek vol. 8, n.º 29 · Centro de Estudios Interplanetarios, Barcelona, septiembre de 1977 · a partir de la prensa chilena, con el comunicado del Ejército · Internet ArchiveThe A.P.R.O. Bulletin vol. 26, n.º 1Aerial Phenomena Research Organization, Tucson · julio de 1977, pp. 1 y 3 · Internet ArchiveUn soldado arrebatado por un ovni pierde cinco días de su vida… ¡en 15 minutos!Michael J. Hoy · National Enquirer, 28 de junio de 1977, p. 33 · reproducido en Cosmology Newslink n.º 19 · Internet ArchiveEl encuentro de AricaGordon Creighton · Flying Saucer Review vol. 23, n.º 5 · febrero de 1978 · a partir de Clarín, La Crónica, La Razón y el Sunday Express · Internet Archive¿Dónde estuvo el cabo Valdés?Antonio Las Heras · Mundo Desconocido n.º 15, Barcelona · septiembre de 1977, pp. 68–74 · Internet ArchiveEl ocaso ValdésDiego Zúñiga C. · Cuadernos de Ufología, 3.ª época, n.º 29 · 2003 · con el testimonio de 1999 del cabo Antonio Flores y la circular del gobernador · Internet ArchiveLa caída del cabo ValdésDiego Zúñiga C., traducido al inglés por Richard W. Heiden · Magonia Supplement n.º 50 · 19 de mayo de 2004 · Internet ArchiveEl cabo Valdés me decepcionóDiego Zúñiga, entrevista a Juan Jorge Faundes · La Nave de los Locos n.º 25 · noviembre de 2003 · Internet ArchiveEl caso de AricaGordon Creighton, con el relato de Hartwig Hausdorf sobre su visita de 1996 a Putre y a Pedro Araneda · Flying Saucer Review vol. 44, n.º 2 · verano de 1999 · Internet ArchiveUna investigación sobre el caso del cabo ValdésJean Librero · Outer Limits Magazine n.º 48 · reseña de La noche de los centinelas de Patricio Abusleme, con fragmentos de la cinta de Araneda · Internet ArchiveA 43 años de la patrulla del cabo Valdés en PutreCristián Riffo · de El libro no oficial del caso Valdés · reproducido en NOUFA n.º 74 · 2020 · Internet ArchiveConfieso que creo en los ovnisHermógenes Pérez de Arce, director de La Segunda en 1977 · Editorial El Roble, Santiago · capítulo «El caso del cabo Valdés» · Internet ArchiveLa «abducción» del cabo Valdés: una revisión de la historiaAlejandro Agostinelli, con Diego Zúñiga · Factor el Blog · 25 de abril de 2017 · a partir de su entrevista de 2007 a Valdés en TemucoValdés, el cabo que fue abducido, o no, por extraterrestresAlejandro Agostinelli · Factor el Blog · 24 de diciembre de 2010El cabo Valdés nunca fue abducidoAsociación Escéptica de Chile · mayo de 2010El montaje del caso ValdésAsociación Escéptica de Chile · marzo de 2013Entrevista a Patricio Abusleme HoffmanOvnis en la sexta región · febrero de 2006Cabo Valdés cuenta una nueva versión de «abducción» en 1977La Cuarta · 20 de febrero de 2011Cabo Valdés se confiesa: «Nunca me abdujeron»JL Barrientos · La Cuarta · 18 de febrero de 2013Cabo Valdés nunca fue abducido en el norte de Chile24 Horas, Televisión Nacional de Chile · 18 de febrero de 2013Abducción del cabo Valdés, el misterio sigue vivoDiario El Día, La Serena · 24 de febrero de 2013El caso del cabo Valdés, a 40 años del episodio más célebre de la ufología chilenaT13 · 25 de abril de 2017La noche de los centinelas de Patricio Abusleme: el caso Valdés como nuncaDiego Zúñiga · El Ojo Crítico · 30 de julio de 2017El extraño caso de distorsión temporal del cabo Armando ValdésJ. 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